domingo, 1 de septiembre de 2013

Primer Amor



El pequeño príncipe apareció en la biblioteca a mis 7 años, mi padre me regalaba un libro cada semana. No fue el primero que me regaló, pero sería mi primer enamoramiento literario.
Por entonces recuerdo que a duras penas leía sus hojas, pero por sobre todo miraba maravillada aquellos dibujos salteados entre las párrafos. Admito que solían asustarme un poco. Los elefantes siempre han sido animales de mi agrado, y la idea de que una serpiente se comiera uno, me ponía bastante triste.

El Principito de manera invariable me ha generado esa extraña sensación vez tras vez, una mezcla de inocente felicidad y melancolía. Una especie de desconcierto encantador.

No pude menos que apasionarme por aquella historia inmensamente simple y abstracta.  Me prometí volver a él, cada vez que necesitase una respuesta, y para mi asombro, el niño rubio se volvía más sabio con el paso del tiempo. Me explicó con paciencia que dejara de buscar la manera de entenderlo, y  me dedicase solo al genuino disfrute de la compañía del zorro, a  admirar la lírica relación con  su rosa y a alimentar al pequeño cordero.

Siempre me ha remarcado con especial interés el cuidado que debo poner en retirar los Baobabs que acechen a todo aquello que valoro.  Esas malezas que si uno no arranca a tiempo, al parecer destruyen sigilosamente todo nuestro espacio.

Hoy, tantos años después de conocernos, tengo el hábito de abrir la tapa ajada para llegar de un salto a su pequeño planeta y contemplar juntos tantos atardeceres como haga falta para volver a la plenitud de mi esencia.  

Cuando regreso a este mundo, luego de cada visita, ansío salir a la calle y encontrarme a un señor con sombrero, siempre es bueno reírse hasta el absurdo, de lo mucho que debe pesarle llevar esos dos animales sobre la cabeza.

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